Relativismo lingüístico: ¿Qué tal suena?

Javier Valenzuela
Dept. de Filología Inglesa, Universidad de Murcia, España

Sol¿Puede afectar el lenguaje que hablamos al modo en que procesamos la música? En este artículo se revisa un experimento reciente que parece respaldar esta idea, y que señala la alta correlación existente entre la capacidad conocida como “oído absoluto” (i.e., la capacidad de identificar una nota musical sin ninguna otra referencia) y el ser hablante de lenguas tonales (i.e., aquéllas en las que el significado léxico varía según la entonación).

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El relativismo lingüístico, también conocido como “Hipótesis de Sapir y Whorf”, sostiene que hablar una lengua determinada nos hace pensar de una manera determinada. Quizás sea esta formulación tan generalista la que nos hace fruncir el ceño y descartarla de antemano como algo esotérico o dificil de creer. Pero si sustituímos el amplísimo término “pensar” por el más específico “realizar determinadas tareas cognitivas”, puede que nuestra valoración inicial cambie. Los significados de las palabras (por ejemplo, el significado de la palabra española “mesa”) nos remiten a categorías conceptuales, es decir, a conjuntos de cosas. El que dos lenguas tengan dos sistemas categoriales distintos indica que sus hablantes van a agrupar los elementos del mundo de maneras distintas. La existencia de una categoría hace que tendamos a considerar los miembros de la categoría como más similares entre sí, y más distintos de otros elementos no incluidos en la categoría. Desde esta perspectiva, parece evidente que hablar una lengua determinada, con su sistema categorial particular, nos va a conducir a encontrar una determinada serie de similaridades y diferencias entre elementos del mundo. Y si expresarse con las categorías conceptuales de una lengua dada dirige nuestra atención de manera específica hacia unos aspectos particulares del mundo, no es tan impensable que esto pueda tener consecuencias para determinadas tareas cognitivas, como por ejemplo, para recordar algo. Aunque esta hipótesis fue inicialmente rechazada por falta de pruebas fiables, en los últimos años ha habido un resugir de esta cuestión y se están reuniendo una serie de resultados experimentales que sugieren que tal vez no esté tan descaminada.

De todos estos estudios, nos vamos a centrar aquí en una serie de ellos que relacionan el tipo de lengua que hablamos con nuestra capacidad para discriminar sonidos de manera absoluta, sin referencia. Es lo que se conoce como “oído absoluto” (en inglés perfect pitch).

El oído absoluto es la capacidad de identificar o producir una nota de la escala musical sin la presencia de ninguna otra nota de referencia. Mientras que identificar notas según las relaciones existentes entre ellas es mucho más frecuente (todos sabemos reconocer o incluso tararear “Cumpleaños Feliz”, aunque cada uno lo haga a una altura tonal distinta), identificar una nota aislada (saber si un tono es un “do” o un “sol sostenido”), sin ningún contexto, es una capacidad extremadamente rara incluso entre los músicos. Sólo la poseen menos de una de cada 10.000 personas.

Por otro lado, las lenguas tonales son un grupo de lenguas en las que el “tono” o entonación que se utilice al decir una palabra cambia de manera radical y arbitraria su significado. Así, por ejemplo, en mandarín, la palabra “ma” significa cuatro cosas completamente distintas según el tono con que se diga: “caballo” (tono alto y sostenido, sin variación), “madre” (tono ascendente), “cáñamo” (tono medio que baja y vuelve a subir, terminando alto) o “regañar” (tono neutro y corto). Otros ejemplos de lenguas tonales son el cantonés, el tailandés o el vietnamita.

Pues bien, la profesora Diana Deutsch de la Universidad de San Diego en California y sus colaboradores (Deutsch, Henthorn, Marvin, & Xu, 2006) realizaron un estudio con hablantes de una lengua tonal (el chino Mandarín) y descubrieron que tenían una probabilidad mucho mayor de tener oído absoluto que los hablantes del inglés. En su estudio, analizaron a 88 estudiantes de primer año del Conservatorio de Música de Pekín (todos hablantes de Mandarín) y a 111 estudiantes de primer año del Eastman School of Music de Rochester, Nueva York (todos hablantes nativos de inglés).

En ambos grupos encontraron una fuerte relación entre la edad a la que los estudiantes habían empezado a recibir educación musical y la probabilidad de que hubieran desarrollado oído absoluto: a inicios más tempranos, mayor probabilidad de tenerlo. Sin embargo, había una gran diferencia entre los hablantes de ambas lenguas. De los estudiantes que habían empezado a estudiar música entre los 4 y los 5 años de edad, tenían oído absoluto el 60% de los estudiantes chinos, frente a un 14 % de los estadounidenses. De los estudiantes que habían empezado a estudiar música entre los 6 y los 7 años de edad, el 55% de los estudiantes chinos habían alcanzado oído absoluto, frente a tan sólo un 6% de los estadounidenses. Finalmente, de los estudiantes que habían empezado a estudiar música entre los 8 y los 9 años de edad, habían desarrollado oído absoluto un 42% de los estudiantes chinos, frente a un 0% de los estadounidenses.

En principio, esto parece un ejemplo evidente de cómo hablar una lengua u otra nos lleva a percibir el mundo (es decir, desarrollar una tarea cognitiva) de una manera determinada. Sin embargo, también podemos preguntarnos sobre las posibles explicaciones de este fenómeno que relaciona lengua y percepción musical. Una serie de psicólogos del desarrollo (p.ej, Saffran, 2003) han sugerido que el oído absoluto es una facultad innata presente en todos los niños, que les ayuda a adquirir sus sistemas fonológicos. Una vez realizada esta tarea, esta capacidad se pierde, aunque de manera diferente según la lengua que se hable. Saffran estudió qué tipo de procesamiento aplicaban tanto adultos como bebés a secuencias musicales, y encontró que mientras que los adultos pasaban sin problemas todos los tests de “tono relativo”, tenían muchos problemas con los tests de “tono absoluto”. Los bebés mostraron justo el patrón contrario: en general, tenían menos problemas con los tests que exigían un tipo de procesamiento de “tono absoluto” que con los de “tono relativo”. Éste es un buen ejemplo de cómo los fenómenos “whorfianos”, es decir, aquéllos en los que una tarea cognitiva se ve afectada por la lengua que hablamos, son especialmente interesantes para estudiar las relaciones entre herencia y ambiente (la famosa dicotomía “nature-nurture”).

Todavía queda mucho camino por recorrer para desentrañar las, sin duda, complejas relaciones existentes entre lengua y cognición. Sin embargo, aunque es todavía una cuestión empírica, la posibilidad de que nuestra lengua materna pueda ejercer una influencia significativa en nuestra cognición es algo que cada vez suena mejor y con más fuerza.

Referencias

Deutsch, D., Henthorn, T., Marvin, E., & Xu H-S. (2006). Absolute pitch among American and Chinese conservatory students: Prevalence differences, and evidence for a speech-related critical period. Journal of the Acoustical Society of America, 119, 719-722.

Saffran, J. (2003). Absolute pitch in infancy and adulthood: the role of tonal structure. Developmental Science 6, 37-49.

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