¿Cómo de real vemos el mundo?

Antonia Pilar Pacheco Unguetti (a) y Jan de Fockert (b)
(a) Dept. de Psicología Experimental, Universidad de Granada, España
(b) Psychology Department, Goldsmiths, University of London, Reino Unido

Dominio público.

Dominio público.

“No hay que preguntarse si percibimos verdaderamente el mundo. Por el contrario, hay que decir que el mundo es aquello que percibimos” (Maurice Merleau-Ponty).

La percepción es un fenómeno complejo. No siempre ‘vemos’ las cosas como son en realidad. La forma con que cada cultura interactúa con su entorno, el aprendizaje o las emociones son factores que determinan cómo percibimos lo que nos rodea, y nos predisponen a ver el vaso medio lleno o medio vacío. Las ilusiones ópticas han sido un fenómeno de interés para los psicólogos desde hace décadas, pero ¿quién no se ha preguntado alguna vez cómo de real es su mundo?

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La discrepancia entre el aspecto de un estímulo y su realidad física es lo que conocemos como ilusión óptica. Nuestro sistema perceptivo está preparado para ajustar ciertas características de los estímulos antes de que sean procesados e interpretados por nuestro cerebro. Por ejemplo, tendemos a agrupar y ver como una figura estímulos semejantes que se encuentran próximos aún siendo independientes, o a completar figuras incluyendo las partes que faltan porque nos resultan más fáciles de procesar que aquello que consideramos incompleto o imperfecto (véase la Figura 1).

Figura 1

Figura 1.- Ejemplos de ilusiones ópticas comunes. A) Ilusión de la cuadrícula brillante: se perciben alternativamente puntos de color blanco o negro en las intersecciones de los cuadrados. Al fijar la vista en una intersección desaparecen. B) Ilusión de la pared del café (Cafe wall illusion): al presentar los cuadrados desalineados en el eje vertical, las líneas horizontales no parecen paralelas, aunque lo son. C) Ilusión de Ponzo: las líneas amarillas son iguales, pero al presentarlas sobre líneas convergentes similares a la vía del tren, la que está más alejada (en este caso la de arriba) se percibe como más grande que la que parece estar más cerca. D) Ilusión del jarrón de Rubin: percibimos indistintamente la figura y el fondo de la imagen, viendo un jarrón o dos caras de perfil.

Además de estas tendencias naturales y universales, factores como el contexto, la cultura o las diferencias individuales influyen en nuestra percepción. Hay estudios que muestran una reducción en ciertas ilusiones ópticas en niños autistas o en personas de más edad, igual que cierta predisposición en algunas culturas para percibir ilusiones ópticas determinadas. Quizá uno de los estudios transculturales más conocidos es el que realizaron hace décadas Segall, Campbell y Herskovits (1963), en el que presentaron la ilusión de Müller-Lyer a cerca de dos mil personas de culturas diferentes en África y el mundo occidental (véase la Figura 2A).

Figura 2

Figura 2. Ejemplos de ilusiones ópticas usadas en estudios transculturales. A) Ilusión de Müller-Lyer: consiste en estimar la longitud de dos segmentos en cuyos extremos aparecen líneas orientadas hacia dentro o hacia fuera. Aunque las líneas tienen la misma longitud, la presentada abajo con las ‘puntas de flecha’ invertidas se estima como más larga que la de arriba. B) Ilusión de Ebbinghaus: consiste en estimar el tamaño de dos círculos centrales que se presentan rodeados por otros círculos ‘distractores’ de mayor o menor tamaño. La ilusión se produce al estimar como más grande el círculo central que está rodeado por círculos pequeños que el que se presenta rodeado por círculos más grandes (los dos círculos son de igual tamaño).

Los resultados mostraron que los miembros de sociedades no occidentales eran menos susceptibles a esta ilusión que aquéllos que pertenecían a culturas occidentales. Esto indica que la forma de interactuar con el medio y el aprendizaje adquirido sobre las relaciones entre objetos o formas son factores determinantes en la percepción. Las sociedades occidentales viven inmersas en ambientes estructurados de forma “rectilínea”, donde los edificios, las carreteras o la mayoría de los instrumentos de uso diario vienen configurados a partir de líneas y ángulos rectos. En sociedades no occidentales, como los zulúes, el entorno es más abierto y continuo, viven en cabañas de forma circular, sin paredes, e incluso carecen de una palabra para denominar la forma “cuadrada”. La contínua exposición a este tipo de entorno los predispone a percibir como iguales las líneas que constituyen la ilusión, siendo por tanto más precisos. Por el contrario, los miembros de culturas occidentales tienden a interpretar la unión de las líneas como si de ángulos se tratase, estimando la longitud del segmento que parece cerrado con puntas de flecha como más corto o como más alejado que aquél que parece proyectarse hacia fuera.

Un estudio más reciente realizado por De Fockert, Davidoff, Fagot, Parron y Goldstein (2007) ofrece otro ejemplo de la existencia de diferencias culturales en la percepción de ilusiones ópticas. Estos investigadores hicieron un experimento para comprobar si existían diferencias en la percepción del tamaño de objetos entre los himba, miembros de una tribu seminómada del norte de África, y un grupo de estudiantes de la Universidad de Goldsmith (Londres). Los himba tienen un acceso muy limitado a la educación y la tecnología, y viven en su mayoría dedicados al cuidado del ganado, por lo que están muy habituados a prestar atención a los detalles y marcas que les permiten diferenciar sus animales entre el resto del ganado de la tribu. Pensaron que esa “prioridad por los detalles” podría otorgarles una ventaja a la hora de percibir el tamaño de objetos o formas con mayor precisión. Para su experimento presentaron en ambos grupos series de la ilusión de Ebbinghaus (Figura 2B).

Los resultados mostraron menor efecto de la ilusión de Ebbinghaus en los himba que en el grupo de estudiantes. Parece que la tendencia de esta tribu a fijarse en los detalles les permitió estimar el tamaño de los círculos centrales con mayor precisión que el grupo de estudiantes. Éstos, por el contrario, se vieron más influidos por los círculos ‘distractores’ que rodeaban a los centrales, e hicieron su estimación considerando la imagen entera que les fue presentada (global), en lugar de la información que estrictamente necesitaban para la tarea (local).

Además de factores ‘estables’ como la cultura y las diferencias individuales, hay otros que podríamos considerar más situacionales o transitorios que también influyen en cómo percibimos el mundo. Las emociones y los aspectos motivacionales son, a veces, los que determinan que veamos nuestro entorno lleno de posibilidades o dificultades, actuando sobre procesos tan básicos como son la atención o la percepción.

¿Es necesario subir a una montaña para saber si es alta?

Según Paulo Coelho no haría falta subir a la montaña para saber si es alta, pero ¿la vemos siempre igual de difícil de escalar? Riener, Stefanucci, Proffitt, y Clore (2011) realizaron un experimento en el que pedían a los participantes estimar la inclinación de una pendiente bajo estados emocionales diferentes. Un grupo de participantes escuchaba una canción triste minutos antes y durante la evaluación de la pendiente, mientras el otro grupo escuchaba una canción alegre. Los resultados mostraron que los participantes que habían sido expuestos a la canción triste estimaban la pendiente como más pronunciada que aquéllos que habían escuchado la canción alegre. Y es que cuando estamos tristes o desilusionados todo nos ‘parece’ más difícil, las tareas se tornan más demandantes y tendemos a poner atención en los detalles (vemos los árboles en lugar del bosque). Sin embargo, cuando nos sentimos felices tendemos a procesar la información que nos rodea de una forma “global” (ver el bosque en lugar de los árboles), somos más flexibles a la hora de atender a la información y utilizamos mejor nuestros recursos.

Estos son sólo algunos ejemplos de cómo nuestro cerebro interpreta de manera distintiva el mundo que nos rodea. Es evidente que tener una percepción y comprensión acertada de la realidad no es tan fácil como nos indica nuestro sentido común.

Referencias

De Fockert, J., Davidoff, J., Fagot, J., Parron, C. y Goldstein, J. (2007). More accurate size contrast judgments in the Ebbinghaus Illusion by a remote culture. Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, 33, 738-742.

Riener, C. R., Stefanucci, J. K., Proffitt, D. R. y Clore, G. (2011). An effect of mood on the perception of geographical slant. Cognition and Emotion, 25(1), 174-182.

Segall, M. H., Campbell, D. T. y Herskovits, M. J. (1963). Cultural differences in the perception of geometric illusions. Science, 139, 769-771.

Manuscrito recibido el 28 de noviembre de 2011.
Aceptado el 30 de noviembre de 2011.

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