Percepción del color y lenguaje: Sobre la vuelta del relativismo

Carlos J. Álvarez González
Departamento de Psicología Cognitiva, Universidad de La Laguna, España

Recientemente se ha producido un “renacimiento” de la hipótesis whorfiana del relativismo lingüístico, sobre todo en el campo de la relación entre lenguaje y percepción del color. Sin embargo, trabajos también recientes apoyan sin duda ciertos universales en cómo vemos y nombramos los colores. Quizás, la evidencia empírica lo que nos muestra es que la “verdad” está en algún punto medio.

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El clásico debate sobre las relaciones entre pensamiento y lenguaje se ha planteado siempre como una lucha encarnizada entre dos posturas antagónicas e irreconciliables. Por un lado el universalismo, según el cual el lenguaje es reflejo de pautas universales de la cognición humana. De acuerdo a este punto de vista, las diferencias entre las distintas lenguas no afectan a otros procesos cognitivos como la percepción. La hipótesis relativista, en cambio, afirma que el lenguaje es básicamente arbitrario y cultural, y puede moldear otros procesos mentales. Así, las convenciones de la lengua concreta que se hable pueden llegar a influir en cómo percibimos el mundo. En el fondo, es una variante de un debate aún más clásico: el del innatismo frente al ambientalismo.

En los últimos tiempos y hasta hace no mucho, la balanza parecía estar inclinándose hacia el lado universalista. Las investigaciones en ciencia cognitiva, sobre todo en psicolingüística, parecían apoyar una independencia entre lenguaje y otras capacidades mentales (pensamiento, percepción, inteligencia…). Últimamente, sin embargo, la opinión de los expertos parece estar cambiando (Valenzuela, 2007, 2008). El artículo reciente de Valenzuela (2008), por ejemplo, nos habla de que “la Hipótesis del Relativismo Lingüístico ha vuelto con fuerza” en el campo concreto de las relaciones entre percepción del color y lenguaje. Los trabajos allí comentados, como el de Winawer, Witthoft, Frank, Wu, Wade, y Boroditsky (2007), así parecen confirmarlo. Sin embargo, en mi opinión pueden hacerse algunas matizaciones a este contraataque relativista.

Si bien es cierto que el “bando relativista” se está haciendo fuerte, apoyado con trabajos como el citado de Winawer et al., o los de Roberson y colaboradores en Papúa Nueva Guinea (vg. Roberson, Davies y Davidoff, 2000), también habría que tener en cuenta algunas investigaciones recientes que apuntarían en otra dirección. Un ejemplo de ello son los hallazgos de tendencias universales en el nombrado de colores que apoyan esencialmente las teorías clásicas de Berlin y Kay (1969). Empleando métodos cuantitativos y computacionales se ha encontrado, por ejemplo, que las fronteras entre distintas categorías cromáticas se organizan alrededor de colores que son considerados ejemplos prototípicos de forma universal, independientemente de la lengua que se trate (Regier, Kay y Cook, 2005). Por ejemplo, a pesar de que Roberson y colaboradores encontraron límites diferentes entre categorías cromáticas para un idioma de Papúa Nueva Guinea y para el inglés, cuando se reanalizan sus mismos datos con metodología cuantitativa y computacional no difieren mucho de lo encontrado en otras lenguas (Kay y Regier, 2007). Éstos y otros hallazgos son pruebas empíricas que apoyan la existencia de predisposiciones universales en la percepción de los colores y los nombres que se les dan.

Valenzuela (2008) expone algunos trabajos neurocognitivos (como el de Drivonikou, Kay, Regier, Ivry, Gilbert, Franklin y Davies, 2007) donde se ha encontrado que los efectos de percepción categorial del color, en los que dos colores que pertenecen a categorías distintas se discriminan mejor y más rápido que cuando pertenecen a la misma categoría, se dan en mayor medida cuando los estímulos se presentan en el campo visual derecho (CVD), y por tanto, se procesan en el hemisferio izquierdo (HI, especializado en el procesamiento lingüístico). Como afirma Valenzuela, estos trabajos respaldarían hasta cierto punto la influencia del lenguaje sobre los mecanismos perceptivos y, por tanto, la hipótesis relativista whorfiana. Sin embargo, estos trabajos pueden ser vistos desde otra óptica. Primero, el hecho de que bebés recién nacidos (Franklin y Davies, 2004; Franklin, Drivonikou, Bevis, Davies, Kay, y Regier, 2008) o macacos (Sandell, Gross y Bornstein, 1979) puedan categorizar los colores sugiere que existen límites perceptivos entre categorías que son innatos y no requieren del lenguaje. Y segundo, la hipótesis whorfiana basada en la lateralización hemisférica puede estar reflejando un procesamiento de tipo momentáneo o estratégico. En una tarea donde nos piden que comparemos dos colores, no podremos evitar también comparar los nombres que tenemos asociados a ellos. Si dos colores tienen el mismo nombre nos resultarán más parecidos que si tienen diferentes nombres. Estaríamos hablando en este caso no de un determinismo lingüístico de nuestra percepción en sentido estricto, sino de una “colaboración” entre percepción y lenguaje. Este efecto de “determinismo temporal” ha recibido cierto apoyo. Kay y Kempton (1984) presentaron pares de colores a unos participantes en un experimento en el que tenían que juzgar el parecido entre ellos. Emplearon colores que tenían distintas etiquetas lingüísticas asociadas y que eran juzgados como diferentes. Pero cuando a los participantes se les dijo que los distintos colores tenían el mismo nombre, curiosamente les costaba más diferenciarlos. Resumiendo, el “efecto whorfiano lateralizado” es un apoyo para la hipótesis relativista, como afirma Valenzuela, pero sólo parcial. El lenguaje puede afectar a la percepción solamente en algunas circunstancias.

Para concluir, lo más probable es que no se pueda sostener hoy en día ninguna de las versiones extremas de las dos posturas. Aunque seguramente ha sido beneficioso para el avance del conocimiento plantear el debate universalismo-relativismo en términos maximalistas, como dos polos opuestos y extremos, la realidad es algo más compleja. Parece claro que la hipótesis whorfiana está resucitando con cierta fuerza desde hace unos años, con buenos resultados empíricos en su favor, pero de ninguna manera parece que ese contraataque vaya a suponer la eliminación de las posturas universalistas. Parece claro que, después de todo, existen restricciones universales y biológicas en la percepción del color.

Referencias

Berlin, B. y Kay, P. (1969). Basic color terms: Their universality and evolution. Berkeley: University of California Press.

Drivonikou, G. V., Kay, P., Regier, T., Ivry, R. B., Gilbert, A. L., Franklin A., y Davies, I. R. L. (2007). Further evidence that Whorfian effects are stronger in the right visual field than the left. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), 104, 1097-1102.

Franklin, A. y Davies, I. R. L. (2004). New evidence for infant color categories. British Journal of Developmental Psychology, 22, 349-377.

Franklin, A., Drivonikou, G.V., Bevis, L., Davies, I. R. L., Kay, P. y Regier T. (2008). Categorical perception of color is lateralized to the right hemisphere in infants, but to the left hemisphere in adults. PNAS, 105, 3221-3225.

Kay, P. y Kempton, W. (1984). What is the Sapir-Whorf hypothesis. American Antropologist, 86, 65-79.

Kay, P. y Regier, T. (2007). Color naming universals: The case of Berinmo. Cognition, 102, 289-298.

Regier, T., Kay, P. y Cook, R. (2005). Focal colors are universal after all. PNAS, 102, 8386-8391.

Roberson, D., Davies, I. R. L., y Davidoff, J. (2002). Color categories are not universal: Replications and new evidence. Journal of Experimental Psychology: General, 129, 369-398.

Sandell, J. H., Gross, C. G. y Bornstein, M. H. (1979). Color categories in macaques. Journal of Comparative and Physiological Psychology, 93, 626-635.

Winawer, J., Witthoft, N., Frank, M. C., Wu, L., Wade, A. R. y Boroditsky, L. (2007) Russian blues reveal effects of language on color discrimination. PNAS, 104, 7780-7785.

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